martes, 29 de noviembre de 2011

Aquí, donde habito

Una de las ventajas (o desventajas) de vivir aquí, es que no hay distancias: hay rotondas. (En otros lugares, se conoce que por aquello del  pedigrí, se llaman glorietas: aquí llamamos a las cosas por su nombre, que no es que den mucha gloria que digamos atravesarlas...)
A pesar de esto de no tener distancias, a veces, vaya usted a saber por qué, ir a buscar el pan se convierte en toda una experiencia a motor y, otras nos dar por organizar auténticas excursiones chandaleras-domingueras, equipando a Pepito Grillo con lo último del Decathlon para hacerle sudar y evitar que nos hable y  nos recuerde el millón de calorías de la cena del día anterior...
Sin tratarse de una urbe digamos, populosa al uso, la red de calles y carreteras que la componen se ven jalonadas, casi sin excepción, de sus correspondientes rotondas, aderezadas todas ellas de su correspondiente olivo, extraño en tierra extraña, y los matorrales-matojos-arbustos, secos por las heladas del invierno y  las solanas del Lorenzo. Esto de las rotondas... si es que parece que las daban a los ayuntamientos con los puntos de los yogures y alaaa... ¡¡todo el consistorio al darle al bio!! Pst, conste en acta no es crítica ninguna: puntualización informativa, a lo más.
Hubo un tiempo en que había semáforos que regulaban lo irregulable: la estampida de la hora de comer. (Eso sí que es fauna a la carrera y no lo que ponen en el National Geographic:  que vengan los de la 2 a la ídem, que lo de los ñus cruzando el Nilo con los cucudrulus pegados al trasero no les va a dar ni sensación) Luego, nos quitaron el cine, y claro, ¿para qué aprovechar el disco rojo sacando entradas si no tenías a dónde ir? Así que supongo que por esto los jubilaron.
¡Cosas que pasan!

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