Las mesas, como sus sueños, son pequeñas y redondas, sin aristas, para que la gente no se haga daño al pasar. El café, siempre solo, que junto a él ya formaban dos soledades amargas. Apenas habían comenzado a llegar los clientes vespertinos. Miró a través de la ventana, esperando verles cruzar la avenida, caminando despreocupadamente entre los coches paralizados por el atasco de las seis. Sin embargo, sus ojos sólo encontraron un par de remolinos que apenas tenían hojas muertas con las que jugar, y un turista despistado que, con un mapa equivocado, interpretaba la ciudad a su manera.
Distraído en estos cuadros, descubrió un par de instantes más tarde que sus manos, ensangrentadas en tinta, ya habían preparado su pipa con habilidad rutinaria. Y el camarero, fiel servidor, le ofrecía tea y sonrisa por el mismo precio.
Pensando en las volutas, que le enredaban cuerpo y mente como sirenas encantadas en un acuario, dejó que los lápices volaran, creando grandes manchas de pequeñas historias. Tras una eternidad que le pareció demasiado breve, los borrones ya se habían perfilado y algunas servilletas de papel yacían moribundas en el campo de batalla.
Volvió de pronto a sentir los pies en el café de las tardes tristes, algo exhausto tras el parto tan intenso. Una anónima nota de papel le gritaba entusiaste desde el mármol de la mesa: "Gracias por mostrarme el corazón de París."
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