sábado, 3 de diciembre de 2011
La salvadora
Su mano apenas rozó mi espalda al pasar junto a mí. Pero incluso antes de que eso ocurriera, yo ya sabía que la reina había llegado: el sonido de sus tacones chocando acompasadamente contra el mármol del restaurante constituían la prueba de mi libertad. Hubiera querido girarme, más para inclinarme ante su alteza que para contemplar su cara... Pero esa era una cláusula que no estaba en el contrato. "Eres un niño jugando a pistoleros", me había dicho aquella misma mañana. Sólo que yo ya no era un niño y que, los pistoleros, ahora, llevan falda.
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