Latidos de tinta
sábado, 3 de diciembre de 2011
La salvadora
Su mano apenas rozó mi espalda al pasar junto a mí. Pero incluso antes de que eso ocurriera, yo ya sabía que la reina había llegado: el sonido de sus tacones chocando acompasadamente contra el mármol del restaurante constituían la prueba de mi libertad. Hubiera querido girarme, más para inclinarme ante su alteza que para contemplar su cara... Pero esa era una cláusula que no estaba en el contrato. "Eres un niño jugando a pistoleros", me había dicho aquella misma mañana. Sólo que yo ya no era un niño y que, los pistoleros, ahora, llevan falda.
martes, 29 de noviembre de 2011
Aquí, donde habito
Una de las ventajas (o desventajas) de vivir aquí, es que no hay distancias: hay rotondas. (En otros lugares, se conoce que por aquello del pedigrí, se llaman glorietas: aquí llamamos a las cosas por su nombre, que no es que den mucha gloria que digamos atravesarlas...)
A pesar de esto de no tener distancias, a veces, vaya usted a saber por qué, ir a buscar el pan se convierte en toda una experiencia a motor y, otras nos dar por organizar auténticas excursiones chandaleras-domingueras, equipando a Pepito Grillo con lo último del Decathlon para hacerle sudar y evitar que nos hable y nos recuerde el millón de calorías de la cena del día anterior...
Sin tratarse de una urbe digamos, populosa al uso, la red de calles y carreteras que la componen se ven jalonadas, casi sin excepción, de sus correspondientes rotondas, aderezadas todas ellas de su correspondiente olivo, extraño en tierra extraña, y los matorrales-matojos-arbustos, secos por las heladas del invierno y las solanas del Lorenzo. Esto de las rotondas... si es que parece que las daban a los ayuntamientos con los puntos de los yogures y alaaa... ¡¡todo el consistorio al darle al bio!! Pst, conste en acta no es crítica ninguna: puntualización informativa, a lo más.
Hubo un tiempo en que había semáforos que regulaban lo irregulable: la estampida de la hora de comer. (Eso sí que es fauna a la carrera y no lo que ponen en el National Geographic: que vengan los de la 2 a la ídem, que lo de los ñus cruzando el Nilo con los cucudrulus pegados al trasero no les va a dar ni sensación) Luego, nos quitaron el cine, y claro, ¿para qué aprovechar el disco rojo sacando entradas si no tenías a dónde ir? Así que supongo que por esto los jubilaron.
¡Cosas que pasan!
A pesar de esto de no tener distancias, a veces, vaya usted a saber por qué, ir a buscar el pan se convierte en toda una experiencia a motor y, otras nos dar por organizar auténticas excursiones chandaleras-domingueras, equipando a Pepito Grillo con lo último del Decathlon para hacerle sudar y evitar que nos hable y nos recuerde el millón de calorías de la cena del día anterior...
Sin tratarse de una urbe digamos, populosa al uso, la red de calles y carreteras que la componen se ven jalonadas, casi sin excepción, de sus correspondientes rotondas, aderezadas todas ellas de su correspondiente olivo, extraño en tierra extraña, y los matorrales-matojos-arbustos, secos por las heladas del invierno y las solanas del Lorenzo. Esto de las rotondas... si es que parece que las daban a los ayuntamientos con los puntos de los yogures y alaaa... ¡¡todo el consistorio al darle al bio!! Pst, conste en acta no es crítica ninguna: puntualización informativa, a lo más.
Hubo un tiempo en que había semáforos que regulaban lo irregulable: la estampida de la hora de comer. (Eso sí que es fauna a la carrera y no lo que ponen en el National Geographic: que vengan los de la 2 a la ídem, que lo de los ñus cruzando el Nilo con los cucudrulus pegados al trasero no les va a dar ni sensación) Luego, nos quitaron el cine, y claro, ¿para qué aprovechar el disco rojo sacando entradas si no tenías a dónde ir? Así que supongo que por esto los jubilaron.
¡Cosas que pasan!
viernes, 25 de noviembre de 2011
París
Las mesas, como sus sueños, son pequeñas y redondas, sin aristas, para que la gente no se haga daño al pasar. El café, siempre solo, que junto a él ya formaban dos soledades amargas. Apenas habían comenzado a llegar los clientes vespertinos. Miró a través de la ventana, esperando verles cruzar la avenida, caminando despreocupadamente entre los coches paralizados por el atasco de las seis. Sin embargo, sus ojos sólo encontraron un par de remolinos que apenas tenían hojas muertas con las que jugar, y un turista despistado que, con un mapa equivocado, interpretaba la ciudad a su manera.
Distraído en estos cuadros, descubrió un par de instantes más tarde que sus manos, ensangrentadas en tinta, ya habían preparado su pipa con habilidad rutinaria. Y el camarero, fiel servidor, le ofrecía tea y sonrisa por el mismo precio.
Pensando en las volutas, que le enredaban cuerpo y mente como sirenas encantadas en un acuario, dejó que los lápices volaran, creando grandes manchas de pequeñas historias. Tras una eternidad que le pareció demasiado breve, los borrones ya se habían perfilado y algunas servilletas de papel yacían moribundas en el campo de batalla.
Volvió de pronto a sentir los pies en el café de las tardes tristes, algo exhausto tras el parto tan intenso. Una anónima nota de papel le gritaba entusiaste desde el mármol de la mesa: "Gracias por mostrarme el corazón de París."
Distraído en estos cuadros, descubrió un par de instantes más tarde que sus manos, ensangrentadas en tinta, ya habían preparado su pipa con habilidad rutinaria. Y el camarero, fiel servidor, le ofrecía tea y sonrisa por el mismo precio.
Pensando en las volutas, que le enredaban cuerpo y mente como sirenas encantadas en un acuario, dejó que los lápices volaran, creando grandes manchas de pequeñas historias. Tras una eternidad que le pareció demasiado breve, los borrones ya se habían perfilado y algunas servilletas de papel yacían moribundas en el campo de batalla.
Volvió de pronto a sentir los pies en el café de las tardes tristes, algo exhausto tras el parto tan intenso. Una anónima nota de papel le gritaba entusiaste desde el mármol de la mesa: "Gracias por mostrarme el corazón de París."
jueves, 24 de noviembre de 2011
Presentación
Estando en Cuarto de E.G.B (¿debiera abrir aquí un enlace con la wikipedia para traducir al mocerío en general?), a la seño no se le ocurrió otra cosa que mandarnos escribir un diario durante toooodaaa una semana. Con la educativa excusa de mostrarnos así los diferentes estilos literarios que campan en el mundo de las letras, se había hecho el firme propósito de conocer las idas y venidas de sus alumnas que, con el bic en ristre y sabiendo que aquello iba para nota, intentaban pensar en cómo contar sin contar pero que contase... Personalmente, lo de la desfachatez fisgonera no me molestaba:
salvo la brecha que me hice en la ceja (consejo para biciclistas neófitos: nunca frenar la bici en un camino de piedras, y si además ha llovido: ni te lo pienses, ¡mejor tírate en plancha!), desde mi punto de vista, tampoco tenía grandes cosas que contar, ni a un diario, ni a la seño... Bueno, hace taitantos años, el centro de nuestras vidas era un erizo rosa, con pijamas pelín horteras, ciertamente; conseguir la pintura de cera de color carne (yo creo que nunca llegó a existir); tener la mayor y mejor colección de cromos, que como fueran de esas de purpurina eras ya la reina del patio... En fin, que no creía que todas estas cosas le interesaran a la seño no ya como para aprobar, sino para nota... (Una siempre sueña a lo grande, aunque luego resulte que ronca más a lo grande aún.) Así que decidí inventarme siete días, y resultó mejor de lo que esperaba, a pesar de lo complicado que se me hacía idear ideas sin que se me enredaran las ídem...
Y tal día que hoy, taitantos años después, y siguiendo los consejos (más bien advertencias: ¡está en juego el mosto domninical con opción a tapa!) de mi gurú espiritual (¡y no he tenido que viajar a la India para que me guíe por el mundo digital!), aquí me hallo dispuesta,con permiso del respetable, a contar verdades a medias, alguna que otra mentirijilla y muchas historias inventadas.
salvo la brecha que me hice en la ceja (consejo para biciclistas neófitos: nunca frenar la bici en un camino de piedras, y si además ha llovido: ni te lo pienses, ¡mejor tírate en plancha!), desde mi punto de vista, tampoco tenía grandes cosas que contar, ni a un diario, ni a la seño... Bueno, hace taitantos años, el centro de nuestras vidas era un erizo rosa, con pijamas pelín horteras, ciertamente; conseguir la pintura de cera de color carne (yo creo que nunca llegó a existir); tener la mayor y mejor colección de cromos, que como fueran de esas de purpurina eras ya la reina del patio... En fin, que no creía que todas estas cosas le interesaran a la seño no ya como para aprobar, sino para nota... (Una siempre sueña a lo grande, aunque luego resulte que ronca más a lo grande aún.) Así que decidí inventarme siete días, y resultó mejor de lo que esperaba, a pesar de lo complicado que se me hacía idear ideas sin que se me enredaran las ídem...
Y tal día que hoy, taitantos años después, y siguiendo los consejos (más bien advertencias: ¡está en juego el mosto domninical con opción a tapa!) de mi gurú espiritual (¡y no he tenido que viajar a la India para que me guíe por el mundo digital!), aquí me hallo dispuesta,con permiso del respetable, a contar verdades a medias, alguna que otra mentirijilla y muchas historias inventadas.
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